Historia de la antipsiquiatría.

Introducción: Antipsiquiatras clásicos y de nuevo tipo. Carlos Perez Soto.
Para leer el libro completo de Carlos Soto entrar en el siguiente enlace.
Una Nueva Antipsiquiatría. Carlos Pérez Soto.

La antipsiquiatría fue uno de los muchos campos de renovación y crítica en las grandes luchas de los
años alegres y humanistas que fueron los “locos 60”. El término “antipsiquiatría” fue propuesto por
David Cooper, en 1967, en una época radical y optimista, en que nadie dudaba en llamar “anti” a una
postura que criticara desde sus fundamentos la realidad establecida. La revolución de las flores, la
revolución cubana, los gobiernos de izquierda en América Latina y África, el radicalismo de la
liberación femenina, los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos, los movimientos estudiantiles y campesinos, convergían en la gran tarea, de contenidos y colores muy diversos, que es la búsqueda de un mundo mejor.
En ese contexto, la crítica contra el encierro forzoso y las penosas condiciones de vida de las personas diagnosticadas como “locos”, surgió desde varios focos a la vez. Investigadores sociales, filósofos y, sobre todo psiquiatras comprometidos, en Europa y Estados Unidos.
El sociólogo Erving Goffman (1922-1982), estudió las condiciones de vida en manicomios en
Estados Unidos, y publicó sus resultados en Asylums, un libro que tuvo un gran eco, convirtiéndose en el texto fundamental de la “teoría del etiquetamiento”, que describe la estigmatización psiquiátrica y la falta de validez del diagnóstico psiquiátrico habitual. Los estudios de David Rosenhan (1972) y de Maurice Temerlin (1975), (ver Capítulo V, b.) son sus productos más citados y de mayor influencia.
En Francia, Michel Foucault (1926-1984), siguiendo los pasos de su maestro Georges Canguilhem,
publicó, también en 1961, Historia de la locura en la época clásica, y luego, en 1963, El nacimiento de la clínica, dos textos que han tenido una enorme influencia, y que han inspirado y servido de sustento teórico a una gran variedad de estudios e investigaciones hasta el día de hoy.1
Sin embargo, la antipsiquiatría como movimiento no surge propiamente de estas fuentes teóricas sino
de la práctica radical de psiquiatras comprometidos, en Inglaterra, Italia y Estados Unidos.
En Inglaterra los más importantes son David Cooper (1931-1986) y Ronald Laing (1927-1989).
Cooper, psiquiatra, radicado en Londres desde 1956, de orientación marxista, participó con Laing en
las críticas más tempranas a la institución hospitalaria, llevadas a la práctica en varias comunidades
terapéuticas en los años 60, entre ellas Villa 21, en Londres, en que participó entre 1962 y 1966. A lo
largo de los años 60 fue separándose progresivamente de la postura de Laing para profundizar la
asociación entre antipsiquiatría y marxismo. Esto lo llevó a la organización del Congreso de
Antipsiquiatría “Dialéctica de la Liberación”, en 1967, cuyas discusiones se consignan en el libro del
mismo nombre, y luego lo impulsó a viajar a Argentina, en el contexto de la radicalización de la lucha
política, entre 1972 y 1974, antes del golpe militar.
Laing, por su parte, fue discípulo de Donald Winnicott, y también heredero de la psiquiatría de
orientación fenomenológica inaugurada hacia 1910 por Karl Jaspers. A lo largo de los años 60, sin
embargo, formó parte de los sectores más intelectuales del movimiento hippie, y predicó (y practicó) un camino de reconocimiento y validación de la lógica interna de la locura basado en terapias a través del uso de drogas, particularmente el LSD. Un camino que terminó por abandonar y desaconsejar a
mediados de los años 80. Laing es también uno de los fundadores de la casa Kingsley Hall, que funcionó
en su primera época entre 1965 y 1970, y que es la primera de la Philadelphia Association, que desde
1965 hasta hoy, ha mantenido hasta veinte casas de encuentro, principalmente para “esquizofrénicos”,
siguiendo los lineamientos trazados por él, en sus múltiples obras.2
En Italia, el gran luchador fue el psiquiatra Franco Basaglia (1924-1980). La gran tarea que promovió
Basaglia, a través de lo que llamó psiquiatría democrática, fue la desinstitucionalización del tratamiento de las alteraciones mentales, combatiendo el encierro y la medicamentación forzosa, promoviendo el desmantelamiento de la infraestructura médica de los manicomios para convertirlos en centro de acogida, de encuentro y creación cultural. Él mismo dirigió, primero en Gorizia (1962-1968) y luego en Trieste (1971-1979), las primeras experiencias en que los manicomios pasaron de ser considerados dependencias hospitalarias a operar como centros de actividad social. En el curso de esta tarea actuó como un incansable activista, formando a muchos psiquiatras jóvenes, y dando a su crítica del modelo médico el carácter de una lucha política, buscando cambios legales concretos, e inserta en la lucha general de la izquierda italiana.
El resultado fue la conversión de las demandas antipsiquiátricas en (parte de) un gran movimiento
social que culminó en la aprobación por el parlamento italiano de la histórica Ley 180, promulgada el 13 de mayo de 1978, que es llamada hoy, con justicia, Ley Basaglia. La Ley Basaglia consagra con fuerza jurídica los principios de la psiquiatría democrática, y establece, por primera vez en el mundo, un ámbito de derechos, y de deberes correspondientes del Estado, para las personas que viven alteraciones del comportamiento que, lentamente, muchos países fueron adoptando luego. En particular las legislaciones más avanzadas, que la toman como referencia y modelo, en Inglaterra, Escocia y Gales.
Con esta Ley se inició un proceso de deshospitalización de los manicomios que hace que hoy Italia tenga el menor número de camas hospitalarias por habitante dedicadas a la alteración mental entre todos los países desarrollados y, a la vez, la mayor cantidad de centros consagrados a la intervención social democrática y reconocedora sobre estos estados, la mayoría de ellos gestionados con participación de sus propios usuarios y con apoyo estatal.
Desde mediados de los años 70 el gran entusiasmo crítico de la década anterior cedió, en todo el
mundo y en todos los ámbitos, ante la marea conservadora que luego caracterizó a los años 80 y 90, con su peculiar mezcla de ultra liberalismo económico e integrismo reaccionario en el plano social y
político. La “era Reagan” (1980-1988), el neoliberalismo, la decadencia del totalitarismo soviético, las dictaduras latinoamericanas, el oscurantismo del integrismo católico e islámico marcaron, y marcan, treinta años sombríos.
Como ocurre en todos los grandes cambios culturales, una profunda terapia lingüística acompañó a
cada uno de estos procesos, y pesa hasta hoy sobre los hábitos cotidianos. Se hizo abiertamente
incómodo e impopular hablar de “pueblo” (ahora se dice “la gente”), y más aún de “proletariado” (ahora todos son “capas medias”), se dejó de hablar de “compromiso” y “combatiente”, e incluso de “izquierda y derecha” (una ficción del pasado). El marxismo, el estructuralismo, el psicoanálisis, fueron declarados “grandes relatos” (por supuesto para diagnosticar su fin), e incluso el feminismo radical y la teología de la liberación se convirtieron en “feminismo pragmático” y teología de la reconciliación. En el ámbito académico la llamada “deconstrucción” llenó de “post” todas las temáticas imaginables, fomentando de manera directa, y en perfecta sintonía con los tiempos, la evasión academicista y el quietismo político.
En la vida cotidiana los clichés orientalistas, gimnásticos y esotéricos llenaron el espacio de lo
“alternativo” bajo las mismas premisas de individualismo, evasión y ausentismo político de la marea
“post”.
2 David Cooper, ed., The dialectic of liberation, Penguin Books, Londres, 1968. Se pueden encontrar los servicios que presta la Philadelphia Association hoy en día en su sitio web, www.philadelphia-association.co.uk.
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Desde luego, en este contexto de contra revolución lingüística, uno de los términos más impopulares
llegó a ser el “anti” que encabezó la postura de tantas iniciativas críticas de los 60. Como corresponde y es típico de la estigmatización conservadora, su sentido fue distorsionado desde “crítica radical” hasta convertirlo en “negación total”, cambiando su connotación desde la crítica a la corriente hegemónica de un ámbito determinado hacia la idea de abandono total y abstracto de todo lo que pudiese significar, bueno o malo. Una distorsión que, desde luego, está en línea con la arremetida general contra todo intento crítico que no se enmarque estrictamente en los supuestos del sistema dominante. Sólo resultó aceptable la crítica “positiva”, que reforma y mejora lo que ya existe. La crítica radical, al fundamento de lo existente, fue considerada disolvente y también, por supuesto, mera proyección de tensiones internas (eventualmente “endógenas”) de personas (individualmente) resentidas o atormentadas. No hay que olvidar que en esta época no sólo se decretó el “fin de las ideologías” sino, incluso, el mismísimo “fin de la historia”.
De manera consistente, el término “antipsiquiatría” fue resignificado por los que se oponían a ella,
sobre todo desde la revolución farmacológica promovida por los partidarios de la medicalización de la psiquiatría, y pasó a significar una oposición irreflexiva, y de algún modo irresponsable, a cualquier tipo de intervención psiquiátrica. Ronald Laing, y muchos otros, optaron por abandonar e incluso rechazar su uso. En Estados Unidos se prefirió hablar de “enfoques alternativos”, entre otras cosas para no quedar descalificados a priori en cualquier discusión, como ocurrió (y ocurre aún) en muchos otros campos en Ciencias Sociales. El movimiento italiano reforzó la idea de una psiquiatría democrática, pero desligándola en general de sus contenidos marxistas, y concentrándose en un nuevo auge de “lo psiquiátrico”. En Inglaterra se estableció el uso general del término psiquiatría crítica, también en un intento por no ser ubicados en el campo de los que negarían la psiquiatría “como tal”.
A pesar de este enorme cambio en la corriente principal de la vida cotidiana y de la actividad
académica, sostener que en los años 80 y 90 el movimiento de la antipsiquiatría decayó, o incluso, según algunos, llegó a desaparecer, me parece otra de esas innumerables “verdades” propagadas por el conservadurismo con la misma intensión y contenido que el famoso “fin de la historia”. Por un lado, y muy por encima de los eventuales cambios retóricos, la corriente de desinstitucionalización no hiso más que aumentar y extenderse a decenas de países. Por otro, sustantivos cambios en la situación jurídica y en las políticas de salud, también en muchas partes del mundo, han sido llevados a cabo en el espíritu del viejo movimiento.
Es necesario considerar la poderosa continuidad y extensión de las experiencias clásicas de la
psiquiatría democrática italiana y de la Philadelphia Association inglesa. También importantes
experiencias análogas como la de Loren R. Mosher (1933-2004), y la casa Soteria (1971-1983), en
Estados Unidos, dedicada al tratamiento no farmacológico de “esquizofrénicos”, o los múltiples centros de psiquiatría alternativa que surgieron en América Latina.
Pero, más allá de esta continuidad, dos cuestiones, contrapuestas y surgidas desde un mismo origen,
marcan la deriva de la antipsiquiatría clásica a través de esas décadas oscuras hacia lo que hoy podría
ser considerado como una nueva antipsiquiatría. Una es el profundo impacto de la revolución
farmacológica en el propio movimiento antipsiquiátrico. Otra es la aparición, estrechamente relacionada, de movimientos de usuarios contra la medicamentación.
Los efectos extraordinarios de las drogas psicotrópicas llamadas “de primera generación”,
magnificados por la masiva propaganda mercantil a través de la cual fueron impuestas, condujeron al
espejismo según el cual una manera práctica, y relativamente barata, de promover la deshospitalización de los “enfermos mentales” era enviarlos a sus casas bajo una medicamentación que podía ser fácilmente administrada por sus propias familias. La experiencia de los notorios daños que producen esas drogas pudo ser oscurecida luego a través de la millonaria propaganda que condujo a la introducción de las drogas “de segunda generación” que, ahora sí, tuvieron el efecto de convencer incluso a muchos antipsiquiatras. Hay que considerar que un “enfermo mental” tranquilizado de manera profunda, en su propia casa, de algún modo oculto y apartado de cualquier forma de relación social, no sólo representa un “éxito” desde el punto de vista del orden público, sino también una importante reducción del costo de los servicios de salud que los Estados se sentían obligados a dedicarle. Todo el costo, usualmente alto,
de su hospitalización podía recaer ahora sobre la manutención que normalmente le debe su familia,
restando sólo el costo de la medicamentación (inicialmente barata, progresivamente cada vez más cara), y la asesoría esporádica de un servicio de psiquiatría reducido a sus profesionales esenciales y a
“auxiliares de la función médica” que facilitaran su acceso a los recursos de la asistencia social estatal.
Y así ocurrió de pronto que las autoridades médicas, imbuidas de espíritu neoliberal, e incluso las
propias farmacéuticas, se convirtieron al credo desinstitucionalizador, asesoradas más de alguna vez por los propios antipsiquiatras sin, por supuesto, el incómodo prefijo “anti”, que no representaba ya sino un resabio del pasado.
La situación producida por esta vía no puede estar más lejos del ideario clásico. Equipos
interdisciplinarios debilitados (psicólogo, trabajador social, terapeuta ocupacional, enfermeras), en que se ha reimpuesto la hegemonía del psiquiatra, nuevamente bajo el viejo modelo médico, ven reducida su labor a la de ser mediadores de la beneficencia estatal y la administración de fármacos, y se convierten de hecho en encubridores de un vasto manicomio distribuido, en que los usuarios son devueltos convenientemente y a la fuerza a su condición de “enfermos”, permanecen inhabilitados en sus camisas de fuerza químicas, sin dar problemas pero a la vez sin la menor esperanza de rehabilitación, o de reinserción social. Un negocio para el Estado y para las farmacéuticas tan conveniente que progresivamente se van integrando a él los casos de drogadicción, reemplazando drogas ilegales por drogas legales bajo la teoría no demostrada de que la adicción tendría una base orgánica,3 o incluso diversas formas de delincuencia.
Pero, justamente como contrapartida, quizás el efecto político más importante de la nueva hegemonía
farmacológica sea la aparición de amplios y masivos movimientos de ex usuarios, víctimas de la
psiquiatría oficial, organizados en torno a demandas propias.
Un gran precedente de estos movimientos es la protesta masiva de las organizaciones gay,
encabezados por Frank Kameny (1925- ), en Estados Unidos en contra de la tipificación de la
homosexualidad como trastorno psiquiátrico por el DSM-III (1968)4, que condujo a un curioso
plebiscito, convocado en 1973 por la Asociación de Psiquiatría Americana (APA), en que se acordó
retirar esa categoría, que hasta ese momento era considerada como una distinción “científica”, del
Manual de Diagnóstico.5 Una extraña consulta democrática sobre algo que se consideraba propio sólo de un discernimiento científico, que es exactamente del mismo tipo que las que, con gran escándalo y alarde, se le criticaron a la Academia de Ciencias de la Unión Soviética en los años 30 y 40. Este es Una argumentación curiosa en que el término “adicción” es usado de manera arbitraria para unas drogas, consideradas ilegales, y no para otras, que según la teoría actúan prácticamente de la misma manera, pero que son reconocidas como un negocio legal.
4 Tercera versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III) de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Hoy se considera vigente, desde 2000, la cuarta versión revisada, conocida por la sigla DSM-IV-TR.
Está en las fases finales de preparación la versión DSM-V. Ver, más adelante, en el capítulo V. b.
5 Koldo Martínez Urionabarrenetxea hace un detallado relato de las protestas de la comunidad gay, y sus resultados sobre las categorizaciones del DSM, en El País, edición impresa para País Vasco del 2 de Enero de 1999. Se puede encontrar en línea buscando a través de Google “Los derechos de los gay, homosexuales y lesbianas: 25 años de salud mental”
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probablemente uno de los hitos más significativos entre las muchas iniciativas antipsiquiátricas por su
poder demostrativo del flagrante carácter político y valórico de las decisiones de la psiquiatría oficial.
A lo largo de los años 80 los mismos “pacientes” llegaron a organizarse. Un ejemplo extraordinario
es el movimiento Hearing Voices (Escuchando Voces), fundado en Holanda, en 1987, por el psiquiatra social Marius Romme y la periodista Sandra Escher, que reúne a personas que experimentan lo que la estigmatización psiquiátrica ha considerado históricamente como el síntoma más representativo de la“esquizofrenia”.
La idea de este movimiento, que desde 1988 tiene su sede en Londres, es que los usuarios acepten y
aprendan a relacionarse con las voces que escuchan en un contexto general de validación y legitimidad, completamente opuesto a la desautorización psiquiátrica y a la medicalización de sus experiencias.
Sus propósitos generales, expuestos en su página web de INTERVOICE, son:
- mostrar que escuchar voces es una variación normal, aunque inusual, en la conducta humana;
- mostrar que el problema no es escuchar voces sino la incapacidad para hacer frente a esa experiencia;
- educar a la sociedad en torno al significado de escuchar voces, así como reducir la ignorancia y la ansiedad, y asegurar que este innovador acercamiento a dicha experiencia es el mejor que se conoce para los que la tienen, sus familias, para los profesionales y el público en general;
- mostrar la amplia variedad de experiencias de escuchar voces y sus orígenes, y las maneras en que las personas las han enfrentado;
- incrementar la calidad y cantidad del apoyo mutuo entre todas las personas y organizaciones relacionadas con el escuchar voces a lo largo del mundo;
- hacer que nuestro trabajo sea más efectivo y desarrollar más caminos no médicos que ayuden a los que escuchan voces a abordar sus experiencias. [Traducción mía]
Después de más de treinta años de una práctica que ha congregado a miles de usuarios, Hearing
Voices se ha extendido, desde Inglaterra, a veinte países, se ha organizado internacionalmente en la red The International network for Training, Education and Research into Hearing Voices, INTERVOICE, y puede mostrar miles de casos de intervención exitosa en términos de auto aceptación, sustantiva reducción de los niveles de angustia y ansiedad, importante mejoramiento de la posibilidad de mantener relaciones interpersonales estables, y un extraordinario empoderamiento de sus usuarios, que de parias sociales, cognitivos y políticos, han pasado a ser entendidos y aceptados como personas capaces de manejar, por sí mismos y en comunidad, los asuntos más relevantes en el curso cotidiano de sus vidas.
Cuestiones todas que la corriente principal de la psiquiatría actual niega de plano a quienes diagnostica y califica como “esquizofrénicos”.
Una de las organizaciones más grandes, y que ha provocado numerosos cambios legales en diversos
países, en la Citizens Comission on Human Rights (CCHR), fundada en 1969 por el psiquiatra Thomas Szasz (1920- ) y miembros de la Church of Scientology. A lo largo de cuarenta años CCHR ha emprendido agresivas campañas en contra de las principales drogas psicotrópicas lanzadas al mercado, y
6 Ver, Marius A. Romme, et. al., “Coping with hearing voices: an emancipatory approach”, en British Journal of Psychiatry,
Vol. 161, N° 1, pág. 99-103. La principal fuente de información es el sitio web, www.hearing-voices.org. Un amplio recuento
de las formas que asume esta experiencia, en los más diversos ámbitos, y las maneras en que son abordadas, se puede encontrar en John Watkins, Hearing Voices, a common human experience (1998), Michelle Anderson Publishing, Melbourne,
2008. Ver también el sitio de INTERVOICES, The International Network for Training, Education and Research into Hearing
Voices, en www.intervoicesonline.org.
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de los procedimientos psiquiátricos más violentos aún en uso, como la lobotomía y el electroshock. Ha iniciado innumerables acciones judiciales contra psiquiatras, y contra empresas farmacéuticas, y ha difundido documentos explicativos y videos educacionales prácticamente de manera gratuita, en decenas miles de ejemplares. Cuenta con una importante presencia en Internet, a través de su sitio www.cchr.org,
en que la mayoría de sus materiales educativos pueden encontrase en castellano. Actualmente posee 110 centros de activismo, en 37 países alrededor del mundo.
Leonard Roy Frank (1932- ), sobreviviente él mismo de terapias convulsivas por insulina y
electroshock, fundó en 1973 el grupo de ex pacientes Network Against Psychiatric Assault. Los
activistas Dorothy Weiner, Tom Wittick y Howard Geld, formaron en 1969 el Insane Liberation Front.
Judi Chamberlain (1944-2010) formó el Mental Patients Liberation Front, a principios de los años 70,
que devino en el movimiento Mad Pride, desde 1993, cuando se celebró en Canadá el primer
“Psychiatric Survivor Pride Day”, que desde entonces se celebra, cada año en Toronto, y se ha
extendido a varios países.
Todas estas organizaciones, y muchas otras, no hicieron sino crecer, y aumentar su fuerza, a lo largo
de los años 80, hasta converger, a principios de los 90, en la World Network of Users and Survivors of
Psychiatry (WNUSP), que reúne actualmente a más de 70 organizaciones de 30 países, y actúa como
consultora de las Naciones Unidad en los asuntos de discapacidad y salud mental.7
Estos dos grandes procesos, la desinstitucionalización interesada, que le da una nueva forma a la
misma dictadura psiquiátrica tradicional, y la emergencia de movimientos de usuarios y sobrevivientes, son las perspectivas actuales de la antipsiquiatría. El revisionismo implicado en la convergencia entre desinstitucionalización e intereses mercantiles, muchas veces propiciado sin querer por antipsiquiatras desilusionados de los “excesos románticos” de los años 60, es radicalmente enfrentado por las propias víctimas, que no consideran ningún exceso romántico el liberarse de la medicalización, ahora casi tan forzosa como lo fue el encierro o la lobotomía.
Y esto ha producido un importante y notable vuelco en la lógica antipsiquiátrica. Mientras desde fines de los 50 la lucha es emprendida por intelectuales (psiquiatras sociales, sociólogos o filósofos), que desde el examen de la experiencia clínica más profunda (la del encierro en manicomios) promueven organizaciones en defensa de las víctimas, desde los años 80, en cambio, el movimiento proviene de los mismos usuarios, de sectores de víctimas que en su mayoría han tenido breves estancias de internación, y sufren las consecuencias de la psiquiatría en el espacio público y en su vida cotidiana, y son estos movimientos los que buscan o empujan la tarea de intelectuales universitarios, investigadores o trabajadores médicos, en su apoyo.
Pero también de este vuelco ha resultado una nueva radicalidad, más amplia, y quizás más profunda
que la de los años 60. Al observar las iniciativas predominantes en esa época clásica (Cooper, Laing,
Basaglia, Mosher), y a pesar de los consistentes esfuerzos para ligarlas a la lucha política general, se
detecta una confianza general en las posibilidades de la psiquiatría como disciplina, entendida bajo
premisas y propuestas de tipo social e interpersonal. A pesar de que el término “antipsiquiatría” parecía
contener una negación disciplinar radical, muy por el contrario, todos los antipsiquiatras importantes
operaron fuertemente convencidos de que la psiquiatría, como saber y técnica específica, es decir, como disciplina, podía convertirse en algo más humano. Los movimientos actuales, en cambio, tienden a 7 Una detallada historia del crecimiento de los grupos de sobrevivientes de la psiquiatría se puede encontrar en el sitio web del Mental Patients Liberation Front, www.mplf.org. El sitio de la World Network of Users and Survivors of Psychiatry, es www.wnusp.net. También se puede consultar la numerosa documentación contenida en los sitios de dos organizaciones de diversa radicalidad y grado de cobertura: MindFreedom, en www.mindfreedom.org; y The Antipsychiatry Coalition, en
www.antypsychiatry.org.
desconfiar de la psiquiatría misma, y de su ligazón con el modelo médico, profundamente arraigada a
través de siglos, y plenamente presente en la formación de los nuevos psiquiatras hasta hoy.
Por lo mismo, a pesar de que la antipsiquiatría clásica operaba desde una crítica radical al modelo
médico en psiquiatría, sólo incidentalmente consideró críticas a la medicalización general de la vida,
que entonces se encontraba en las primeras fases de su ampliación mercantil. La crítica a la
medicalización como instrumento de poder permaneció de algún modo recluida en los escritos de
filósofos, como Foucault, o corrió en un carril paralelo, en el movimiento de medicina crítica que
promovieron médicos como Ivan Illich (1926-2002) o Thomas McKeown (1912-1988)8. En los
movimientos actuales, en cambio, y justamente debido al extraordinario auge de la industria médica, las críticas al modelo médico ya no se detienen en los usos de la psiquiatría, sino que se amplían hacia una crítica general del estilo de vida, empujado por los intereses mercantiles, en que los problemas relacionados con la subjetividad son vistos como susceptibles de medicamentación. La necesidad misma de una mirada psiquiátrica sobre los problemas del comportamiento es considerada bajo la sospecha de servir a los intereses de la industria. Como consecuencia, la psiquiatría es ahora objetada en tanto disciplina, a la luz de toda su historia de vinculaciones con los intereses médicos.
Y esta extensión de la problemática de la antipsiquiatría va de la mano de otro cambio notable.
Mientras el objeto de intervención de los antipsiquiatras clásicos eran personas con dificultades bastante serias, en general agravadas por el encierro y la propia intervención psiquiátrica, el problema masivo actual es el de personas habitualmente normales, que han tenido dificultades temporales en el plano subjetivo, y que han sido literalmente convertidas en pacientes de trastornos mentales por la ampliación y el escalamiento diagnóstico, una situación a partir de la cual, sometidos a medicamentación, su estado no hace sino empeorar en un ciclo típico: mejoramientos parciales y temporales, dependencia y empeoramiento global y de mayor plazo.
Hay que tener presente que hasta hace muy poco, no más de diez o quince años, diagnosticar a
alguien de sufrir depresión mayor, trastorno bipolar o esquizofrenia era una situación relativamente rara, que se consideraba grave, y que afectaba sólo a una ínfima minoría de las personas que tenían
dificultades subjetivas. Y, desde luego, menos frecuente aún, aunque sólo fuese por la capacidad
limitada de los manicomios, eran los casos de personas que llegaban a experimentar encierro o
medicamentación forzosa. Debido a esto, a pesar de que la antipsiquiatría clásica se ocupaba de un grave y profundo problema de derechos humanos, el campo de su acción tenía una incidencia relativamente menor en la población general. El panorama ahora es sustancialmente diferente: decenas de millones de personas sufren la intervención cotidiana de la psiquiatría de orientación farmacológica, millones de niños, millones de personas cuyos trastornos, aún siendo delicados, podrían haber tenido una evolución perfectamente aceptable sin intervención especializada alguna.
La nueva antipsiquiatría está así, a diferencia de la clásica, frente a un problema que ha alcanzado las
proporciones de una epidemia, una situación que ha llegado a tener un enorme impacto sobre la vida
social, es decir, de manera literal, no sólo por la visión humanista y preclara de los psiquiatras sociales,un problema de envergadura política.

LA ABSURDA LEY DE SALUD MENTAL DE ARGENTINA.

En mi opinión. Y aunque desde mi ignorancia no tengo capacidad para afirmarlo rotundamente, porque no he estudiado la legislación de todos l...